lunes, 28 de octubre de 2013

El Legado

Pintura por Gonzalo Albo Sánchez-Bedoya.
Cierre sus ojos e imagine que va sentado sobre uno de los asientos de un transporte público. El calor del mediodía se hace cada vez más insoportable, la persona que está sentada a su lado lo oprime más contra la ventanilla del autobús, usted se está haciendo el dormido para evitar el contacto con los charleros que suben y bajan cada cinco minutos. Mientras tanto, el ruido estremecedor de la ciudad se lo está comiendo vivo.

Una vez imaginado todo esto, ahora puede comprender mi posición.
Allí estaba yo: agotada de la vida, de esta historia interminable que parece estar en una repetición constante.  

Escucho a un señor el cual venía a pedir una pequeña colaboración a los queridos usuarios y usuarias de ésta unidad colectiva. Cuando comenzó a hablar, pensé: “Qué increíble. Un pobre pidiéndole a otro pobre. Bueno, es mejor que te vea bien dormida, de este modo, no te colocará el bocadillo e’ plátano en la cara”. 

El hombre no me ofreció ningún bocadillo de plátano porque no cargaba ningún producto consigo, a cambio de eso, nos ofreció el drama estelar del venezolano de a pie.
Yo no veía, no quería hacerlo, sólo escuchaba su historia. Dijo que su hijo de siete años ingresó al Hospital Central de Maracay debido a que padecía Leucemia, que no le alcanzaba el sueldo mínimo para comprar todos los medicamentos, además del alto precio de éstos mismos. Por cada frase que decía, se disculpaba. 
                                                                                               Mea culpa, mea culpa, mea culpa.


Al terminar de hablar, pasó por cada uno de los asientos para recibir el dinero. Abrí mis ojos, saqué un bolívar y se lo di. “Gracias, mi niña. Dios te bendiga”, me dijo.
Posteriormente, exhalé una bocanada de quejas.

Así es la cotidianeidad de éste pedazo de tierra. Donde los hombres no viven, sino sobreviven.

Este es El Legado de las malas acciones, de los malos políticos, de los sueños que quedaron en bocetos. Por lo tanto, lo invito a sentarse conmigo a contemplar cómo se despellejan unos a otros, mientras nos tomamos el guayoyo más amargo del Mundo. 

1 comentario:

Maribel dijo...

Muy buena crónica, nos lleva a lo inevitable "hacer catarsis contigo"